En los entierros se practicaba la deposición del ajuar funerario, es decir, una serie de objetos cerámicos como platos y ungüentarios utilizados tanto en el ritual del banquete fúnebre como en la preparación del cadáver. En la mano o en la boca del difunto se colocaba una moneda que, según la costumbre griega, púnica y romana, servía para pagar el óbolo a Caronte, el barquero que transportaba las almas al mundo de los infiernos.
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